Lugar común la muerte

Lugar común la muerte

Tomas Eloy Martinez

Language:

Pages: 178

ISBN: 9505610203

Format: PDF / Kindle (mobi) / ePub


Una colección de perfiles literarios de Tomás Eloy Martínez, el maestro del periodismo narrativo

Los retratos magistrales de este libro se mueven siempre sobre la ambigua línea que separa la realidad de la ficción, una frontera tan inasible y tenue como la materia que aquí se narra: las vísperas de la muerte, el punto de mayor intimidad y conciencia ante lo precario de la condición humana.

Una escritura sensible y audaz a la vez combina el documento y la literatura para asistir al instante en que todo se perdió en Hiroshima y Nagasaki, detenerse en los últimos días de Juan Manuel de Rosas en Southampton y los del gran poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre en Ginebra, así como para describir los extraños eclipses de Felisberto Hernández y Saint-John Perse, para aproximarse al imposible mesías que nunca llegó a ver Martin Buber y al delirante discurso de José López Rega sobre el sueño crepuscular de Juan Domingo Perón.

Hace dos décadas, antes de escribir Santa Evita y convertirse en uno de los escritores argentinos más traducidos, Tomás Eloy Martínez publicó Lugar común la muerte en Caracas, donde vivía exiliado. A esa edición, compartida por generaciones de estudiantes de periodismo y literatura, se agregaron dos textos en la versión de 1998 —sobre José Bianco y Manuel Puig—, y se suman ahora otros dos, sobre José Lezama Lima y Augusto Roa Bastos. La devastadora precisión de su escritura confirma la feliz actualidad de uno de los mejores libros del autor.

La crítica ha dicho...
«Lugar común la muerte es el relato de la vida de otros, mayormente escritores. [...] No es un libro de perlas, tan solo: es un mar entero. Léanlo.»
Juan Cruz, Babelia

«Tomás Eloy Martínez afirma su lugar entre los mejores escritores de América Latina.»
The New York Times

Star Trek: The Art of the Comeback (Star Trek: Corp of Engineers, Book 70)

In This Hospitable Land: 1940-1944

A Rather English Marriage

Breaking and Entering

Fear the Sky (The Fear Saga, Book 1)

Practical Demonkeeping

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ciclistas le respondían, el viejo dejaba de prestarles atención, porque lo que trataba de esquivar —entonces lo advertí— era el acoso de los pensamientos ajenos y el temor de que la muerte lo sorprendiera cuando estaba invadido por el rastro de algún otro. “He aquí a un cristiano que está fuera de la Iglesia —le oí decir aquella tarde—, uno de los que caminan al lado de Moisés, de los Gracos y de Cristo. O, para ser más claro, he aquí a un partidario de la libertad y de la dignidad humana”. �Por

Medina Angarita. Vicente pasó la noche en vela y así se mantuvo durante 48 horas, hasta que la cadena de radios anunció que Rómulo Betancourt era el nuevo presidente de la República. Tomó entonces una hoja de papel, y sobre la misma mesa de comedor donde tantas veces se había acodado junto al jefe de su partido, le escribió una carta en la que le confiaba el deseo de partir: “Hazme el favor —decía—: permíteme ingresar en la carrera diplomática”. Pasaron dos semanas sin respuesta. Cierto

ahogándose con un cuello que le llegaba hasta las orejas. Después venía la cara muy blanca, los ojos muy negros, la frente muy blanca y el pelo muy negro, formando un peinado redondo como el de una reina que había visto en unas monedas y que parecía un gran budín quemado”. Tres vecinas longevas que chupaban la bombilla del mate a través de un agujero que había en el tul de sus tocados, la tía Petrona, que había aprendido a reírse durante más tiempo que los demás mortales, Celina y el maestro

les gusta que las quieran, pero él era más sensible que nadie a esas cosas”. A la izquierda de la biblioteca, entre dos budas de porcelana dudosa, vi el cáliz de metal bruñido en el que Male había llevado desde México las cenizas de Manuel. Contra lo que yo esperaba, no había ninguna inscripción que indicara el principio y el fin de la historia. Nada que dijera, en el estilo paródico del difunto: Hijo, descansa en paz o Manuel Puig (General Villegas, 1932 Cuernavaca, 1990). Sobre el cáliz

mudado a Buenos Aires en 1949 para estudiar arquitectura. La arquitectura, sin embargo, era sólo un desvío para llegar a su pasión verdadera, el cine. En 1952, una beca le permitió instalarse en Roma e inscribirse en el Centro Sperimentale di Cinematografia pero a los seis meses, asfixiado por el imperio abrumador de los neorrealistas que plagiaban a Cesare Zavattini, huyó a Francia. “Estaba decidido a meterme en cualquier filmación aunque no me pagaran por el trabajo”, había dicho Puig.

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